|
JEREZ de la Frontera (Xera, Ceret, Sheresh, Sherry) reconstrucción visual e histórica |
|
por Uxio Noceda 2004 uxio.noceda@gmail.com |
|
foro sobre estos temas
|
Edad Media e
LA INVASION
ARABE DE LA PENINSULA IBERICA EN EL SIGLO VII... ¿MITO O REALIDAD? Les propongo, por mero entretenimiento intelectual, esta versión de la historia que sin duda les va a sorprender. Sirva como ejemplo de como unos mismos hechos, unas mismas pruebas, pueden probar justo lo contrario si uno se pone a ello, y lo difícil que es a veces la labor del arqueólogo, sujeto a pruebas notariales de sucesos de los que solo quedan minúsculos vestigios a veces. Si ya hay problemas con aspectos de nuestra historia reciente, imagínense con hechos acaecidos hace siglos!. Este es un buen ejemplo.
"Tuvo entonces lugar una mutación formidable, España, que era latina, se convierte en árabe; siendo cristiana, adopta el Islam; de practicar la monogamia, se transforma en polígama, sin protesta de mujeres. Como si hubiera repetido el Espíritu Santo el acto de Pentecostés, despiertan un buen día los españoles hablando la lengua del Hedjaz (árabe). Llevan otros trajes, gozan de otras costumbres, manejan otras armas. Los invasores eran 25.000. ¿Qué había sido de los españoles?" Algunos historiadores cuestionan la versión oficial según la cual el Islam se implantó violentamente en la península, después de una invasión árabe, en el año 711. Argumentan que el Islam ni se impuso ni era ajeno a los hispanos, que lo abrazaron libre y mayoritariamente. En su opinión, la imposición musulmana no fue tal. La critica revisionista pone en duda una invasión árabe en Africa y la considera una emigración paulatina debido a factores ambientales. Una acción militar se presenta imposible por su complejidad organizativa -de la que estas tribus carecerían-, lo inhóspito del territorio a cruzar, las fortalezas a tomar en inferioridad de fuerzas. Sin conocimiento del terreno, sin apenas hombres, sin camellos o caballos y sin naves hubiera sido imposible invadir el norte de Africa y menos aun Iberia, cosas aun difíciles para un ejercito moderno. El islam no fue fundado por Mahoma sino que fue el producto de una lenta evolución y sincretismo de ideas cristianas y judias. La figura misma de Mahoma aparece en el Al Andalus siglos después de la supuesta invasión árabe islámica.
Algunos investigadores, tras comprobar que los musulmanes atribuían
a sus correligionarios victorias imposibles y que los cristianos
omitían consignar cualquier aspecto de lo que estaba sucediendo en su
suelo, concluyen que el mito ha pervivido, contra toda lógica,
porque ha interesado mantenerlo. Entre los musulmanes, porque les
proporcionaba una pátina de gloria; entre los cristianos ortodoxos, porque
encubría ante su propio pueblo lo que en realidad fue un fracaso social y
religioso.
Incluso los investigadores que respaldan la teoría de la invasión juzgan extraño que un puñado de árabes pudiera influir tan profunda e inmediatamente en 20 millones de hispanos. El historiador Olagüe sintetiza su perplejidad en tono irónico: "Tuvo entonces lugar una mutación formidable, como se produce en el teatro un cambio de decoración, España, que era latina, se convierte en árabe; siendo cristiana, adopta el Islam; de practicar la monogamia, se transforma en polígama, sin protesta de mujeres. Como si hubiera repetido el Espíritu Santo el acto de Pentecostés, despiertan un buen día los españoles hablando la lengua del Hedjaz (árabe). Llevan otros trajes, gozan de otras costumbres, manejan otras armas. Los invasores eran 25.000. ¿Qué había sido de los españoles?"
Se ha querido transmitir la idea de que España era poco menos que un erial
artístico e intelectual hasta que la fecundó el Islam. Sin embargo, el
historiador Bonilla San Martín apunta que "el movimiento priscilianista,
los trabajos de los concilios de Toledo, las predicciones de los
escritores, atestiguan en la España de los siglos IV y V una cultura
excepcional. La invasión goda, lejos de sofocar este progreso, la
acrecentó y estimuló notablemente". De hecho, los estudiosos mantienen que el arte arábigo fue una prolongación del íbero y del visigótico.
No obstante, innovaciones arquitectónicas como el arco de herradura
no son una aportación arábiga; éste existía en Oriente y puede
verse en varias construcciones de España y Francia anteriores al Islam. Tampoco parece obra suya la mezquita de Córdoba, ni nació mezquita.
Este templo, bosque de columnas, es incompatible con el culto musulmán y
con el cristiano, ya que ambos exigen espacios diáfanos para seguir al
oficiante.
Ignacio Olagüe Coinciden los testimonios arqueológicos y la Historia del Arte con los textos de la Escuela de Córdoba, que nos han permitido reconstituir la evolución de las ideas. En el curso de la confrontación que hemos emprendido de ambas fuentes de información, destaca como punto de convergencia un hecho de importancia extrema: Es a mediados del siglo IX cuando fue transformado en mezquita el templo de Córdoba. No era el acto del Emir, obra proseguida por sus sucesores, el fruto de un capricho o de un aliento pasajero, como la Historia nos ha dado tantos ejemplos. Era la coronación de la propagación de una idea. Venía el Islam a llenar un vacío provocado por la debilidad y la ausencia del cristianismo, en virtud de un juego de fuerzas constituido por el dinamismo de un cierto número y la ausencia de otras de signo contrario que les podían hacer oposición; juego que la Iglesia hispana y sus compadres los reyes godos no habían sabido o podido controlar. Nos enseñan los textos cristianos y los testimonios arqueológicos la lentitud del proceso evolutivo. Se han desarrollado paso a paso a lo largo de un camino que para ser recorrido había necesitado varios siglos de esfuerzos. No podía ser de otra manera. El florecimiento de una nueva cultura, aunque hubiera germinado en tierra favorable, requería su tiempo. Sucedía lo mismo en Oriente, en las regiones que habían dado el ser a la civilización árabe. Por esta razón la historia de las construcciones arquitectónicas y la de las obras artísticas eran paralelas y sincrónicas en España, en donde las hemos estudiado, con la evolución de las ideas. Era entonces fácil de comprender el mecanismo en virtud del cual la cultura romano‑cristiano‑goda se había de repente metamorfoseado en musulmana‑arábiga. Era tan brusca transformación el fruto de la apariencia debido a nuestros escasos conocimientos históricos. No podía haber sido revolucionada y trastornada una nación en tres años, como nos lo enseña la historia clásica, por obra y milagro de un fiat creador. Había requerido una lenta evolución de varios siglos. Componen los testimonios que nos aporta la Historia del Arte un argumento definitivo en contra de los relatos legendarios que se han enseñado en la escuela. Es plástico, visual. No es menester dominar la complejidad de la historia de las ideas ni estar adiestrado en la crítica histórica. Si ejércitos árabes hubieran invadido España en 711, hubieran traído con ellos los principios arquitectónicos y artísticos que se explayaban entonces en Oriente con exuberancia. Los hubieran impuesto de modo autoritario. De ello quedarían muestra y prueba en las paredes de la Mezquita de Córdoba. Testimonios de todo género nos enseñarían que habían cumplido su función religiosa al servicio del Islam desde el comienzo de la invasión, no desde la mitad del siglo IX. En realidad, se trata de una constante histórica. Cuando una nación importante —acontecimiento poco frecuente en la historia— ha estado sumergida y dominada por una potencia invasora, se paralizan inmediatamente las manifestaciones propias de su cultura, a veces en un grado tal que se muere y se fosiliza. Así ocurrió cuando los musulmanes persas invadieron la India cuando los turcos se apoderaron de Bizancio, cuando los españoles hicieron la conquista de Méjico. Fueron aniquiladas estas naciones. El hecho de que hubieran dado ya lo mejor de su genio, que hubieran agotado ya su energía creadora, no modifica en nada el planteamiento del problema. Explica solamente su anemia pasajera o definitiva la facilidad con que estos pueblos habían sido vencidos. Nada similar existe en la historia de España. Según la leyenda había sido aherrojada la nación por un enemigo extranjero, lejano, exótico, que traía en sus equipajes con una nueva civilización un arte nuevo. Mas, si se analizan los elementos del problema, se encuentra el historiador ante la imposibilidad de percibir tan siquiera los síntomas del cataclismo. Ahí están los documentos. Nada de ruptura violenta con el pasado. Ningún hiatus. Prosigue su propio desenvolvimiento la evolución de las ideas religiosas, intelectuales y artísticas, como si ningún nómada hubiera intervenido para perturbarla. Como el fondo cultural de la población, no habían sufrido alteración alguna los principios artísticos y arquitectónicos en el curso de los años que siguieron a la pretendida invasión. Si de repente se hubieran hecho dueños los árabes de la Península Ibérica, en la misma se hubiera desarrollado un arte nuevo anteriormente desconocido. La escuela ibero‑andaluza no hubiera podido evolucionar hacia la arábigo‑andaluza. Bajo la dominación turca desapareció totalmente el arte bizantino. Ocurrió lo mismo en Méjico en donde el arte del Renacimiento desplazó al azteca. Por tal motivo es posible afirmar con certeza que si Andalucía hubiera sido invadida en el S.VIII por los árabes, no revestiría la Mezquita de Córdoba las formas arquitectónicas que todos admiramos. Hubieran sido soterradas en el inconsciente colectivo las viejas tradiciones. Nuevos conceptos llegados más tarde de Oriente no hubieran fermentado la masa de las ideas entonces en hervor, como la levadura que levanta el amasijo. Hubiera sido la civilización árabe la masa, no la levadura. Hasta Occidente se hubiera extendido su propia contextura. No hubiera florecido una cultura nueva en la España del sur. Se impone por consiguiente el hecho: no ha sido la expansión del Islam hacia el oeste el resultado de una sucesión de invasiones militares milagrosamente logradas, sino de un clima revolucionario que ha permitido el brote de nuevos conceptos. Por lo cual, se puede concluir que los acontecimientos políticos concebidos como la consecuencia de acciones guerreras son aparentes, como lo son ciertos fenómenos. físicos o biológicos. Son efímeras las conquistas de las armas cuando no son el producto de la propaganda. Ha sido la historia de los hombres el fruto del juego de las ideas‑fuerza, difundiéndose en razón de su energía, retrocediendo por el hecho de su anemia; pero siempre en relación con circunstancias geográficas y culturales, favorables o perjudiciales. Se desprende de nuestra rectificación una enseñanza e interesa la historia de Francia... y más allá a la historia universal. Pierde el lugar trascendental que hasta ahora había ocupado en los Anales de la Humanidad la batalla de Poitiers, en la que Carlos Martel había roto la expansión de los árabes por Occidente. Pues resultaría muy extraordinario que hubiera aniquilado este guerrero a sus ejércitos, si anteriormente no se hubieran encontrado en la Península Ibérica... y con antelación en el norte de África. Con mayor verosimilitud se trataba de un sencillo combate en que se habían opuesto gentes del sur y del norte de las Galias. No era el primero, ni sería tampoco el último. Ahora bien, ¿por qué los historiadores cristianos que escribían mucho tiempo después de los acontecimientos, habían dado un carácter mítico a esta batalla en la que la civilización cristiana había sido salvada, principio fabuloso que se ha mantenido hasta la era atómica ... ? En nuestro entender se plantea el problema en los términos siguientes: la separación entre Francia y España por una línea que corre por los picos del Pirineo, es el resultado de un proceso que se ha desarrollado a lo largo de la Edad Media. En los tiempos antiguos Francia y España como las concebimos hoy día no existían. Después de la dislocación del Imperio Romano, surgió en Occidente una multiplicidad de entidades locales que según la geografía, la tradición y las circunstancias tomaron las formas más diversas: núcleos monárquicos, ciudades independientes con apariencias más o menos republicanas, relaciones de tipo feudal entre siervos y grandes propietarios, costumbres ancestrales diferentes en cada valle o en cada merindad... Con el curso del tiempo se condensaron en Francia y en España dos polos energéticos en el norte y en el sur de estos territorios. Atraídas sus ramificaciones las unas hacia las otras en razón de ciertas particularidades históricas, se desarrolló a costa de las regiones intermedias que las separaba, esta amplia y laxa confederación de poderes locales, los cuales unidos por una cultura común que remontaba al magdaleniense, componían desde el siglo V una entidad social y política, vertebrada sobre un marco etnográfico y geográfico preciso: el Pirineo. Las comarcas situadas en el sur de Francia, Aquitania, la Narbonense, la Provenza, pertenecían a las provincias romanas consideradas como unas de las más ricas del Imperio. Eran también de las Galias las más desarrolladas en las actividades culturales. Por esta razón han estado, dada su situación geográfica, en constante relación con el polo energético del sur, la cultura andaluza que florecía en el marco de la civilización árabe, provocando la admiración de los extraños. Tanto más cuanto que había estado unida con el Mediodía francés por lazos políticos largo tiempo. La entidad pirenaica y la mayor parte de la península habían formado por varios siglos un imperio con los visigodos. Por otra parte, el impacto del unitarismo había sido en sus poblaciones tan poderoso que según lo poco que nos ha contado el Biclarense habían sido las primeras, como lo hemos ya referido, en sublevarse contra las pretensiones de Recaredo después de su abjuración. Cuando el sincretismo arriano a partir del siglo V empezó a lograr raigambre en la península no pudo seguir el sur de Francia el mismo proceso de evolución. Era objeto de fuertes presiones por parte de los francos norteños. Bárbaros y miserables, bajo el pretexto de la cruzada contra la herejía, predicada y alentada por los monjes, venían hacia el sur en busca de sus riquezas, los productos alimenticios que da el sol y que eran entonces los sinónimos del poder. Había empezado esta ofensiva desde la conversión de Clodoveo en el siglo VI, cuando en Vouillé, en 507, venció a los visigodos arrianos. Se prolongó hasta 1213; pues en Muret, cerca de Tolosa, fueron aniquilados los meridionales franceses por Simón de Monfort y sus gentes de lengua de oϊl, a pesar del socorro aportado por el jefe de la Confederación, Pedro I de Aragón, llegado desde las Navas de Tolosa para ayudar a su vasallo el conde de Tolosa, Raimundo VI. El pretexto de la guerra era siempre el mismo: la herejía. En este caso, la cruzada contra los albigenses. En este orden de ideas debe entenderse la batalla de Poitiers, librada a poca distancia de la anterior de Vouillé. Gentes del sur, gascones y vascones, vascos del Pirineo, tolosanos y demás afines, con el refuerzo de aventureros alistados que habían huido del valle del Ebro diezmado por la pulsación, trataron sin duda de probar fortuna en una excursión por las riberas del Loire. Era un acontecimiento que se debe situar en la rúbrica de los sucesos cotidianos de aquel entonces. Mas los monjes que escribían las crónicas del reinado, alentados por el mismo prejuicio cristiano, alabaron al Dios de los ejércitos que había dado la victoria a los francos de Carlos Martel, porque defendían el cristianismo en contra del invasor, herético, extranjero y exótico ¡miserable hijo de Satanás! Así se convirtió el enemigo en un anónimo, en el sarraceno. Con la expansión de la leyenda española se hinchó el perro y se convirtió la acción de Poitiers en un acto extraordinario que había salvado de los árabes a la cristiandad. La misma alteración de los acontecimientos podía desprenderse de las canciones de gesta que seguían el mismo influjo de la opinión y entre las cuales se distinguía por su inverosimilitud histórica la que describía la muerte de Rolando en los desfiladeros de Roncesvalles. Había sido de esta suerte convertido el valiente caballero no sólo en un campeón de las armas nórdicas, sino también en un verdadero mártir de la fe. Para convencerse basta, cotejar los poemas franceses e hispanos, divergentes en razón del mito porque han sido creados en ambientes distintos. Para el galo trovador, es el sarraceno un enemigo fantástico que goza de relaciones particulares con el mismísimo diablo. Para el poeta peninsular el musulmán es un hermano, cierto equivocado, pero que aparece en los relatos a veces más simpático que el héroe cristiano. Como hace tiempo que se ha apercibido la crítica de estas divergencias, han sido reducidos los hechos recitados a su debida proporción; y así, en los textos competentes la hazaña de Rolando ha sido insertada en el mundo de las leyendas. No podía ocurrir lo mismo con la batalla de Poitiers, porque para ello hubiera sido menester destruir el formidable complejo que se había formado en la tradición. Si ahora oteando por encima de la anécdota, damos un paso adelante hacia la comprensión de los tiempos pasados para alcanzar los movimientos de fondo que agitaban entonces a las masas, se advierte que las poblaciones de la entidad pirenaica poseían un sentido crítico que podríase emparentar con estos tiempos aciagos en que habían dominado el sincretismo arriano y los recuerdos de su persecución. En términos muy generales, se trataba de un mundo hirviente de ideas en donde el racionalismo greco‑romano había ejercido una acción importante en la evolución de las ideas religiosas. Sucedía lo mismo en Oriente en donde acaso había favorecido la génesis del arrianismo. Mas la oleada mística irrumpiendo desde Asia sobre Occidente alcanzaba también el sur de las Galias con sus frondosas ramificaciones, desde el judaísmo tradicional hasta los movimientos irracionales como la gnosis y demás escuelas dualistas. Mas para los cristianos norteños, bárbaros e incultos, que no perdían el tiempo en disquisiciones teológicas, eran las gentes del sur paganos, pero paganos ricos. Había que salvarles del infierno en la otra vida, imponiéndoselo en la presente. La hipocresía religiosa escondía el afán de lucro y de pillaje. Ha sido esto una constante histórica. Si estaba el infiel envilecido por la miseria, no había cruzada. Conspiraban los saharianos no para conquistar y convertir el África negra, sino Marruecos y Andalucía; lo mismo, a orillas del Sena soñaban muchos con enriquecerse a costa de arrianos, cátaros y albigenses. Así fue como la entidad pirenaica quedó dominada por gentes del norte y del sur, como atenazada, emparedada por dos poderosos. Reviste en España el problema mayor complejidad porque desde el siglo XI en adelante fueron asimilados los cruzados castellanos y afines por la cultura de los vencidos que deslumbraba al caballero pobre y famélico. En el sur de Francia ocurrió lo contrario. La cultura del Mediodía fue aherrojada no sólo por la espada, sino también por un cristianismo bárbaro y medieval que requirió mucho tiempo para ilustrarse. Pero en la acción desaparecieron con las libertades políticas muchas de las flores de la cultura de lengua de oc. En nuestros días ha sido rememorada esta gesta y sus envilecimientos a los lectores actuales con gran espectacularidad. Se han emprendido estudios sobre la cruzada de los albigenses. Como pertenecen estos hechos a tiempos más recientes, al XIII, se conserva una mayor documentación para conocer los episodios de la invasión norteña. ¿Qué sabemos acerca de la cruzada en contra de los arrianos llevada a cabo en el VIII? Solamente nos consta que desapareció la herejía de modo por lo menos aparente. Mas dejó la agresión en herencia un estado de opinión que a pesar de esconderse en el subconsciente colectivo se transparenta de vez en cuando en la superficie. Se trata de un juicio crítico llevado a veces a extremos apasionados, como un cierto anticlericalismo exagerado, que contrasta con la mayor religiosidad de los nórdicos. Por esta razón se ha considerado desde la Alta Edad Media el Mediodía francés como tierra de herejes. Anida en el inconsciente colectivo de las poblaciones como un movimiento de rebeldía congénita. De lo más hondo de los corazones se manifiesta esta disposición, como una fuente resurgente, a la menor ocasión, sea política o religiosa. Así, después de las guerras y revueltas de los albigenses volvió a resurgir el entusiasmo de las masas por la Reforma, que no era otra cosa que una protesta contra el poder constituido, el de los reyes en París o el del obispo de la ciudad eterna. Desde entonces hasta la tercera República, se aprovecharon estas gentes de las innumerables ocasiones que les procuraban los vaivenes de la política para alzar la voz y manifestar su oposición. Pues quedaba oculto en las masas campesinas un desafecto hacia el hombre del norte que antaño había impuesto su ley por el hierro y por el fuego. No se ha traducido solamente este complejo insistente por el rencor popular, acto estrictamente negativo. Ha permitido también la expresión de valores positivos, limitados a la vida intelectual. El juicio crítico que en Oriente había desempeñado un papel importante en la evolución de las ideas religiosas, logró florecer en un estallido de conceptos científicos y filosóficos. Fue transmitida esta labor a Andalucía en donde alcanzó en el XI y en el XII la mayor exuberancia de su genio creador. Fue entonces cuando estos intelectuales franceses que mantenían con España relaciones frecuentes supieron recoger y retransmitir al resto de Occidente los nuevos conocimientos recién adquiridos en matemática, en astronomía, en ciencias naturales, en medicina en geografía..., etc. De aquí la nombradía de las universidades de Montpellier y de Toulouse. Compite con el latín la lengua de oc como instrumento de expresión científica. Procedimientos literarios fueron imitados. Algunos ingenios de altura descorrieron el velo que escondía ciertas verdades filosóficas; lo que suscitó las iras de Alberto Magno y de Tomás de Aquino. Mas fue posible esta acción porque existía aún bajo las cenizas enfriadas un fuego que no se había completamente apagado. Sin el recuerdo de un espíritu crítico que pertenecía a tiempos pasados, hubiera sido inadecuada la transmisión de las enseñanzas de la cultura andaluza y por ello hubiera sufrido el genio del Renacimiento. El juicio crítico, recuerdo del sincretismo arriano, ha llegado a ser el carácter dominante de nuestra civilización occidental; es decir, de su minoría ilustrada. Es interesante observar hoy día que este genio se ha mantenido vivo contra viento y marea en las masas del Mediodía galo, aunque pudiera ocurrir un similar fenómeno en otras regiones de la nación vecina. Era la supervivencia del testimonio de tiempos pasados que se traducía en el campesino iletrado por lo que se podría llamar una sabiduría escéptica. Puede estudiarse este mismo hecho en muchos otros lugares. Caracteriza, por ejemplo, al labriego andaluz aunque por otros motivos. Mas, tenían en común que esta sabiduría escéptica era el fruto de las grandes lecciones del pasado. No podían ser comprendidas si no se había previamente apreciado en su justa medida el alcance de estas olas de fondo que en el curso de la Edad Media habían trastornado una parte de Occidente, cuando en la confusión de las ideas el meridional francés —y podríamos incluir en el mismo concepto a los andaluces y a otros hispanos— habían sido transfigurados en sarracenos.
Las antiguas provincias bizantinas, la Mesopotamia, la Persia, la India habían sido objeto de conquistas sucesivas. Como eran incapaces estos intelectuales de comprender el mecanismo del proceso revolucionario y por consiguiente de fijar en el pergamino las bases verdaderas del problema: las opiniones religiosas entonces existentes. la crisis climática, los movimientos demográficos subsiguientes, los nombres y el papel desempeñado por fugaces dirigentes, las rebeliones del «proletariado interior», etc., se dejaron llevar por su temperamento de tal suerte que los cuentos de las Mil y una noches substituyeron a los relatos que en otras naciones hubieran gozado de mayor verosimilitud. En una palabra, el mito de las invasiones árabes que habían sojuzgado la mitad del globo se hallaba en Oriente a principios del siglo IX en un estado avanzado de gestación. En aquellos años nada similar existía en España. El proceso de arabización empezaba a iniciarse. Los males y los desastres de la revolución y de la guerra civil estaban presentes en todas las mentes. No podían ser olvidados. Como la masa en su defensa autopsicológica rellena siempre con simplicidad el vacío que se presenta en sus recuerdos inmediatos, en el desamparo existente en el siglo IX acerca de lo que había ocurrido en el precedente, sensibilizada estaba la opinión y en un estado de maleabilidad extraordinaria, hasta tal punto que le era posible asimilar cualquier concepto que le resolviera el complejo de que sufría. Presentaba, por otra parte, el problema en España otras dimensiones que el de Egipto, porque en dos. estaba dividida su opinión, cuando en Oriente estaban implicados en el embrollo muchos mis elementos. En Occidente, no tenía en Islam el campo libre para extenderse indefinidamente y sin oposición. El partido trinitario no había sido completamente aniquilado por el unitario, ni en la península, ni en el sur de las Galias. No había sido reducido a una ínfima minoría. No había desaparecido el latín de Córdoba, pongamos por caso, como el griego lo había hecho de Alejandría. Por consiguiente, en los primeros tiempos fue distinta la reacción ante el complejo y por lo mismo distinto también el análisis del historiador según que enfocara el campo de los musulmanes o el de los trinitarios. Fue mucho tiempo después cuando se fundieron en un todo estas diversas concepciones: el mito que desde el siglo XIII en adelante se aceptó unánimemente como un axioma de resonancia universal.
El mito en los musulmanes españoles En todo tiempo para defender su fe recientemente adquirida han solido gastar los neófitos mayores energías, a veces con exageración extrema, que los viejos adheridos, los cuales saben compaginar sus creencias con una mayor serenidad. No podían faltar a esta norma los nuevos musulmanes hispanos. En los comienzos del siglo IX, en su entusiasmo por la doctrina recién adquirida en contraste con la frialdad y la indiferencia de la gran mayoría que contemplaría con prevención la difusión de estas nuevas ideas, jóvenes estudiantes emprendieron un largo viaje para tomar lecciones en El Cairo de los maestros renombrados. Uno de ellos, Ibn Habib (¡vaya usted a saber cuál era el apellido de su padre!) estudió allí las doctrinas del derecho nialequita que luego dio a conocer en España. En su obra Tarikh enseña al lector estos conocimientos recién asimilados; y, entre otras cosas nos explica lo ocurrido en su tierra en el siglo anterior. Eran los árabes los que la habían invadido! Cuando Dozy hace más de un siglo estudió este manuscrito, al contacto con la mitología oriental sintió grandísima extrañeza: «Me pareció como si leyera unos fragmentos de las “Mil y una noches”, escribe en la segunda edición de sus Recherches (1860). Y en sus comentarios establece las bases del origen de la leyenda en términos de gran claridad. ¿Débese concluir que en el curso de un siglo había olvidado ¡a población árabe de España sus tradiciones nacionales y las había trocado por fábulas absurdas? En modo alguno. Los cuentos traídos por Ibn Habib nada tenían en común con las tradiciones populares de España. No es aquí, sino en Oriente y en titular en Egipto en donde los ha recogido. Nombra los personajes de quienes los ha oído: Son sabios extranjeros entre los cuales destaca Abad Alá ibn Wab, un célebre profesor de El Cairo, quien entre otras cosas le ha hecho el relato del desembarco de Taric. Muchas de las aventuras de Muza en el país de Tamid (España era para estos orientales un lugar de maravillas) le han sido contadas por otro sabio egipcio que no nombra. Así, en lugar de interrogar a sus compatriotas acerca de la historia de Muza y de ¡a conquista de la península, ha preferido Jbn Habib preguntar a los doctores egipcios. cuyas lecciones tomaba. No ha sido el único en actuar de este modo; casi todos los taliba hispanos que iban a Oriente hacían lo mismo. Desdeñando a sus compatriotas que los sabios orientales menospreciaban, considerándolos como ignorantes y rústicos, hinchados de veneración por estos maestros que les adiestraban en las sutilezas de la escolástica, pensaban que estos grandes doctores, sabedores de tantas cosas, debían de conocer la historia de España mejor que sus habitantes. Les atosigaban pues con preguntas sobre el tema. Era para estos profesores la situación embarazosa. No sabían nada o casi riada acerca de la conquista de la península; pero tenían la reputación de saberlo todo y tenían interés en no perderla. ¿Qué hicieron? A falta de algo mejor regalaron a sus discípulos con historietas egipcias»339. No conocía Dozy en su época el contexto histórico de que disfrutamos para interpretar correctamente el papel desempeñado por Ibn Habib y sus compañeros de viaje y de estudio. Persuadido de que había habido una invasión de España por los árabes, cuyo cerebro director había sido Muza, le parecía en verdad extraño, si no extraordinario, que los nietos hubieran olvidado las hazañas de sus abuelos. En nuestro entender se planteaba el problema en otros términos: lo inverosímil no era sólo que las noticias recientemente difundidas tuvieran un origen egipcio, sino que no fueran estas fábulas contradichas: lo que hubiera demostrado a los árabes, si los hubiera habido en España, su absurdidad. ¿Cómo podían ignorar los hechos de sus abuelos, su desembarco y conquista del país? Mas ahora, lo que era extraordinario para Dozy, es para nosotros la cosa más natural del mundo. Como no había habido ni árabes, ni invasión, nadie reivindicaba la prioridad o la participación en acciones militares que no habían tenido lugar. No podía el historiador encontrar los rastros de una tradición referente a unos acontecimientos que no habían existido. Supongamos cierta la invasión de 711. Los testimonios de un hecho de tal importancia hubieran debido de ser muy numerosos, en los días de la lucha como después. Admitamos que gran parte de los mismos hayan sido destruidos en los azares de las guerras civiles. Los textos del IX, tanto árabes como cristianos, hubieran constantemente hecho alusión a estos acontecimientos; lo que no ha ocurrido. En el caso de una invasión el papel de los combatientes no se presta a confusión alguna. Invasores e invadidos se distinguen con gran claridad, tanto más si es exótico el enemigo y trae en sus equipajes las costumbres y los principios culturales de una civilización antes desconocida. Nada parecido se trasluce en lo que sabemos de estos tiempos. Lo que domina al contrario en los espíritus es una gran confusión. Por esta razón han podido arraigar en la opinión hispana las noticias traídas por Iba Habib y sus amigos; pero sólo han alcanzado forma a lo largo de los siglos. Más de cien años después de la redacción de Tarikh las crónicas berebere que admiten muchas de estas noticias, acaso extraídas ellas también de la misma fuente, no siguen sin embargo los fundamentos de la doctrina. Cierto, había sido invadida España, pero por los marroquíes, no por los árabes. Hay que esperar los textos de los musulmanes posteriores al siglo XI, es decir de la contrarreforma almoravide, para que adquiriera el mito una contextura coherente. Antes de invadir la península —¿y cómo hacerlo de otra manera?—, se habían apoderado los árabes de África del Norte. Y para apartar cualquier objeción acerca de los obstáculos materiales que dificultaban la verosimilitud del concepto, insistían en que se trataba de un milagro, del respaldo que había concedido a los creyentes la divina providencia. Resolvía así el mito con gran oportunidad el problema que se planteaban los hispanos del IX adheridos al Islam. Mas, en razón de su extravagancia tuvo que vencer la resistencia o, si se quiere, la inercia de parte de la población. Si logró al fin imponerse fue porque los hispanos con el olvido de lo ocurrido en el siglo pasado, norma constante en la sociedad humana, veían con sus propios ojos la expansión de la civilización árabe afianzarse de día en día. Estaban de moda los árabes y... ¡en fin de cuentas! si no habían venido en carne y hueso, había su genio conquistado a todos los corazones. ¿Qué ocurría en el campo adverso, en el de los cristianos? Aquí, al contrario, la aparición de la civilización arábiga en el solar hispano exacerbaba el complejo en grado virulento. No podía el mito desarrollarse en el campo de los trinitarios con la simplicidad enseñada por los sabios egipcios a sus correligionarios occidentales. Chocaba la difusión del mito con las mayores dificultades. Si finalmente fue lentamente aceptado, estuvo la causa en otro concepto llegado también de Oriente que trastornaba los elementos del problema tal como lo sentían los vencidos, para finalmente fundirse con él de modo notable. Su asimilación por la minoría cristiana era para el historiador una gran lección. Demostraba la extravagancia del papel desempeñado por el azar, la complejidad, en una palabra, la exuberancia de la vida que acompaña el juego de las ideas-fuerza en su expansión y en su regresión.
El cristianismo y el Islam son religiones providencialistas que tienen su origen en el judaísmo. En estas condiciones era muy cómodo para los musulmanes enunciar que Dios había guiado y ayudado con su intervención milagrosa a los ejércitos muslimes y la propagación de su fe; para los cristianos resultaba el hecho y el concepto insoportables. Pues en su fuero interno no podían menos que preguntarse cómo había permitido Dios semejantes abominaciones. ¿Cómo favorecía a los enemigos de Cristo? Indiscutible era la evidencia. En España habían sido apabullados los cristianos. Millones de fieles en Occidente, en África, en Asia, habían apostasiado. Se extendía por todo el globo el Islam a una velocidad vertiginosa y en todas partes también era el cristianismo el vencido. ¿Cómo era esto posible? Mucho más tarde, en los tiempos modernos, después de muchos desengaños, resolvía la papeleta con su gracejo peculiar el escéptico pueblo español: Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. En el siglo IX, en la efervescencia de las luchas religiosas no podía plantearse el problema en estos términos, ni resolverse con tal desfachatez. Sabemos que en aquellos tiempos la pregunta estaba en los labios cristianos. La resolvieron a su modo, de acuerdo con los gustos del tiempo, es decir, con estilo apocalíptico. Se conservan de esta tentativa testimonios seguros y auténticos. Son contemporáneos de aquellos tiempos. Para comprender su alcance conviene situar algunos datos para establecer el contexto histórico pertinente: En 850, Eulogio de vuelta de su viaje a Navarra da a conocer a los intelectuales cristianos el texto de la biografía de Mahoma que ha hallado en la librería del Monasterio de Leyre. En 852, muere Abd al Ramán II cuya política ha consistido en acelerar el proceso de arabización en la península. En 853, muere Ibn Habib que divulga en Córdoba y en Andalucía las primicias de las noticias que ha aprendido en El Cairo. En 856, sabemos por Eulogio y por Alvaro la aparición de las primeras manifestaciones externas del Islam, por lo menos en Córdoba. Por su importancia y por el impacto que ha causado en la sociedad cristiana andaluza, damos a continuación la traducción del texto de Leyre hallado por San Eulogio. Nació el heresiarca Mahoma en vida del emperador Heraclio, el año séptimo de su reinado, en el curso de la era DCLVI. En esta época, Isidoro, obispo de Sevilla brilla en el dogma católico y Sisebuto ocupa el trono real de Toledo. Sobre su tumba en la villa de Iliturgis fue construida la iglesia del Bienaventurado Eufrasio y también en Toledo, por orden del príncipe mencionado, una capilla de una disposición maravillosa fue edificada en honor de la Bienaventurada Leocadia. El nefasto profeta citado, Mahoma, consiguió el poder durante diez años después de los cuales murió y fue enterrado en el infierno. Así fueron sus primeros pasos en verdad: Cuando era un niño entró al servicio de una cierta viuda. Habiéndose convertido en el gerente ambicioso de sus negocios, comenzó a frecuentar con asiduidad las reuniones de los Cristianos e, hijo astuto de las tinieblas, de memoria aprendió algunos de los principios del cristianismo y se convirtió en el más sabio de todos sus árabes ignorantes. En realidad, quemado por el fuego de su temperamento, encolerizado según sus costumbres bárbaras, se enfadó con su patrona. Entonces se le apareció el genio del error bajo la forma de un gavilán, el cual enseñándole. Su pico de oro le aseguró que era el Ángel Gabriel y le ordenó que desempeñara el papel de un profeta. Hinchado de orgullo empezó a predicar a estas bestias embrutecidas cosas que jamás habían oído. Con cierto cálculo razonable les indujo a abandonar el culto de los ídolos y a adorar un dios incorporal en el cielo. Mandó a sus fieles que tomasen las armas y como una nueva demostración de su fe con la espada matasen a sus adversarios. Entonces, en su secreto designio permitió Dios que fueran destruidos. Pues El dijo antaño por la voz del profeta: «He aquí que levantaré contra vosotros a los caldeos, pueblo duro y rápido, que recorren la superficie de la tierra para apropiarse de campamentos que no les pertenecen. Sus caballos son más veloces que los lobos al atardecer, su aspecto parecido al viento ardiente destruye los fieles y reduce la tierra a la soledad...» Así pues, asesinaron por de pronto al hermano del Emperador que tenía este país bajo su jurisdicción. Triunfantes, cargados de gloria por la victoria alcanzada, fundaron los principios de su reino en la ciudad de Damasco, en Siria. En fin el pseudoprofeta también escribió himnos para la boca de estos animales insensibles, es decir, que recuerdan a novillos bermejizos. Escribió la historia de la araña que caza las moscas como con una trampa. Compuso también algunos cantos acerca de ¡a abubilla y de la rana para que el mal olor de la una se exhalase por su propia boca y el croar de la otra en verdad no abandonase sus propios labios. Para afianzarse aún más en su error personal redactó también otros en honor de José Zacarías y asimismo de María, madre de Dios, de acuerdo con su fantasía. Como persistía en el error de su iluminación deseó a la mujer de su vecino, llamado Zeid, y la sometió a su lujuria. Resentido por esta infamia, quedó el marido horrorizado y la remitió a su profeta contra el cual no podía oponerse. Mas éste, como si se tratara de una inspiración divina hizo referencia de ello en su ley diciendo: «Como se ha vuelto desagradable esta mujer a los ojos de Zeid y que éste la repudia, la unimos en matrimonio a nuestro profeta para que no sea un pecado para los fieles que deseasen en el porvenir hacer lo mismo». Después de la ejecución de tan gran ignominia, la muerte del alma simultánea con la del cuerpo se aproximó. Presintiendo la inminencia de su fallecimiento, como sabía que de ninguna manera resucitaría por su propia voluntad, hizo la profecía que por mediación del ángel Gabriel que tenía la costumbre de aparecerle según su testimonio bajo la forma de un gavilán, resucitaría el tercer día. Cuando remitió el alma a los infiernos, impresionados por el milagro que les había prometido, ordenaron sus discípulos fuese vigilado su cadáver por una guardia importante. Como observaron que despedía el tercer día mal olor y comprendieron que no resucitaría, afirmaron que los ángeles asustados precisamente por su presencia no se habían acercado. Por esta razón, de conformidad con una resolución que les pareció excelente, abandonaron el cadáver privándole de toda vigilancia. Poco después, atraídos por el mal olor, vinieron perros en lugar de ángeles y en parte lo devoraron. Apercibidos, enterraron sus discípulos lo que quedaba de su cadáver. Como expiación por este ultraje ordenaron que cada año fuesen sacrificados perros a fin de que merecidamente tuvieran en el mismo lugar la misma fortuna que aquel, por quien debido a la cólera merecían un justo castigo. Con toda equidad así ocurrió que un tal y tan gran profeta, quien no sólo había entregado su alma a los infiernos sino también la de muchísimos más, acabó por rellenar el vientre de los perros. Hizo actos infamantes, numerosos y diversos, que no están descritos en este libro. Esto ha sido escrito para que supieran los lectores la clase de hombre que ha sido340. ¡Después de siglo y medio de dominación árabe en España es todo lo que sabía sobre Mahoma y el Islam un especialista en la cuestión...! Ignora nuestro autor anónimo hasta la existencia del Corán. Esto sería explicable si hubiera sido escrita la biografía en la primera parte del siglo VII, a raíz de la muerte del Profeta; lo que dado el contexto histórico parece del todo improbable. Sea lo que fuere, se puede deducir de esta lectura algunos conceptos que no encuadran con las enseñanzas de la historia clásica. 1) Ha adquirido el autor sus conocimientos fuera de España, pues los intelectuales andaluces que gemían, según se nos asegura, bajo el yugo de los mahometanos ignoran hasta la existencia del Profeta. 2) Es probable que el autor del texto sea un monje hispano que vivía en la región por nosotros denominada «entidad pirenaica». Se basa nuestra convicción en los siguientes datos: a. Ha buscado sus fuentes en textos bizantinos. Así se explicaría la antigüedad de sus informaciones que pertenecen a la segunda parte del siglo VII, pues se desprende de las mismas la supremacía del poder de Damasco. Redactadas por cristianos asiáticos se comprende su mala fe y extravagancia: Van dirigidos los tiros contra un enemigo. b. Pertenece el manuscrito a un monasterio que se encuentra precisamente en la «entidad pirenaica», región que sirve de lazo de unión entre la Andalucía herética y el Occidente ortodoxo. En esta época, los manuscritos que no gozaban de nombradía no circulaban; por su coste no eran copiados. El radio de acción del texto legerense debió de ser local. c. Posee el autor ideas precisas sobre España. Podía un extranjero saber la fecha en que había vivido Isidoro de Sevilla y gobernado Sisebuto. Las alusiones a las iglesias consagradas a Eufrasio y a Leocadia demostraban un íntimo conocimiento de la vida religiosa del país. d. El texto ha sido redactado antes de 848. Es el más antiguo que se conserva en España sobre el Islam. Por los términos empleados, in hoc tempore, debía de escribir el autor bastante tiempo después de los acontecimientos que cometa. 3) Según su propia confesión escribe el autor la biografía de Mahoma para ilustrar a sus lectores acerca de la maldad del «nefasto» profeta. No se trata de un texto polémico en contra de sus doctrinas, que por otra parte ignora. Hace referencia al «reino» de sus discípulos en términos muy imprecisos, ocurridos en la lejana Asia, lo que en realidad poco interesa. Redacta un texto documental, como un periodista que bien o mal hace un reportaje sobre una nación remota. Mas entonces lo que dice y la opinión que se trasluce en su escrito contradicen las enseñanzas de la historia clásica, la que nos asegura que desde principios del siglo VII ocupaban los árabes, los turbulentos discípulos de Mahoma, nada menos que los alrededores del Monasterio de Leyre, pues para invadir Francia tenían que haber franqueado el puerto de Ibañeta y dominado la región. Como el autor del texto había vivido en este o en otro cenobio cercano, no podía ignorar la clase de vecindad que le rodeaba, tanto mis que habían sido desbaratados los discípulos de su biografiado por Carlos Martel en 733 y éstos a su vez, habían últimamente apabullado a Rolando en Roncesvalles. Nada de todos estos graves incidentes aparece en el texto. Más aún. Al situar la acción de Mahoma en lugares tan alejados de España, cuando según la historia clásica se desarrollaba también en los mismos lugares en que vivía nuestro autor, al ignorar su presencia en su propio solar, confirmaba indirectamente la extravagancia del mito. Su silencio respaldado por el de Eulogio que no había tropezado con árabes mahometanos en su viaje por Navarra se compaginaba con la extrañeza de Juan Hispalense y Alvaro de Córdoba que nada sabían de estas gentes. Si Tudela y Zaragoza hubieran estado entonces gobernadas por árabes, como nos lo dice la historia clásica, no hubiera aportado Eulogio el texto legerense a sus amigos andaluces como una noticia extraordinaria, no hubieran esos amigos intercambiado comentarios sobre el tema y el autor de la biografía hubiera hecho mención de la invasión de España por los árabes. Pues ¿no era para un cristiano hispano la conquista de su tierra la más importante de todas las hazañas atribuidas a los discípulos de este profeta «nefasto»? Los textos del Anónimo, de Eulogio, del Hispalense y de Alvaro, los más antiguos que se conservan, se complementan no sólo en lo que dicen, sino también en lo que ignoran. Bastaban estos documentos para arruinar definitivamente la leyenda. Mas, como en el tema que estudiamos todo es desconcertante para el no iniciado, ocurre algo aún más extraordinario. Es precisamente en el texto anónimo donde se hallan las raíces que han permitido la formación del mito en el campo cristiano. A propósito de la acción militar de los discípulos de Mahoma hace el autor una cita importante de la Biblia. La voz del Profeta, que ha leído el lector, es la de Habacuc y las frases insertadas los versículos 6, 8 y 9 del capítulo primero.
6. Porque levantaré a los caldeos, gente feroz e impetuosa que anda sobre la anchura de la tierra para apoderarse de posesiones ajenas.
7. Son más ligeros sus caballos que los leopardos y más corredores que los lobos al atardecer. Se esparcirán sus jinetes con sana, pues sus jinetes vendrán de lejos, volarán como águilas al echarse sobre la presa.
8. Viene para saquear todo este pueblo. Sus miradas ávidas se adelantan como el viento [quemador, Amontonan cautivos como arena... ...Avanzan como el huracán.
Para el Profeta bíblico y sus lectores, los caldeos son los babilonios que han reducido a esclavitud al pueblo de Israel. Con el curso de los tiempos, el acontecimiento histórico, la invasión de Palestina, se convierte en metáfora y así los exegetas cristianos admiten un sentido figurativo. «Los caldeos, escribe el abate Crampon, parecen ser los impíos cuyos estragos contempla el Profeta en el corazón del país»341. Remonta por lo visto esta concepción a tiempos muy antiguos, pues hace ya referencia a ella nuestro autor anónimo. Es probable que en el curso de la revolución que tuvo lugar en el siglo VII en las antiguas provincias del Imperio Bizantino, hayan identificado los intelectuales cristianos a los árabes, discípulos de Mahoma, con los caldeos de Habacuc. Ha recogido pues nuestro autor con las fuentes que ha encontrado en estos textos la alusión al profeta judío. Fuera o no original, es indudable que ha conocido en España su metáfora un éxito enorme. Se pueden seguir sus huellas en los siglos IX y X. Los principales elementos de la leyenda se encuentran en estas líneas. a) Para ciertos autores de la Escuela de Córdoba y para los escritores cristianos, los cronistas de la segunda parte del siglo IX, es señalado el enemigo de su religión con la palabra: caldeo. Para Alvaro de Córdoba, por ejemplo, en un extracto del Inadiculus luminosus que hemos citado en el capítulo anterior, la. lengua caldea es sencillamente la lengua árabe. b) En los textos que hinchan el mito, posteriores al Anónimo, son fielmente reproducidas las imágenes empleadas por Habacuc: el pueblo feroz que se adelanta cual el huracán a lo largo de la tierra y que ningún obstáculo detiene, la codicia de los saqueadores, las fortalezas que caen como castillos de naipes, etc. c) Como la de los caldeos, las conquistas árabes han sido permitidas por la oculta voluntad divina; pero ha intervenido también un instrumento táctico que explica desde un punto de vista terrenal la causa del éxito de tan rápidas invasiones. El arma de guerra privilegiada de los árabes es la misma que la de los babilonios: La. caballería sumer que antaño les ha dado la victoria se ha convertido ahora en la invencible caballería árabe. Se asiste así al nacimiento de un mito paralelo, el del caballo árabe, especie invicta en cuanto a velocidad. Entonces, este noble animal nacido por generación espontánea en los ergs y las hamadas del desierto con todas las cualidades de un pura sangre, a fin de cuentas, se transfigura en el instrumento de las conquistas, en el deus ex machina que explica el avance continuo de los ejércitos arrolladores, en una palabra, la expansión del Islam. Para los unos, en verdad, cuyo temperamento se desliza más bien falto de interna vitalidad hacia la hipocondría, los gozos del amor transformados en horrenda depravación de las costumbres son responsables de la cólera divina que hace intervenir a los infieles para castigar a los cristianos. Y así nace la leyenda de los amores de Rodrigo. Para otros más realistas que necesitan para ser convencidos la demostración de un razonamiento, se convertía el caballo en el arma táctica por excelencia que había dado la victoria al invasor. De tal suerte que del desierto —lugar por definición inhabitado y en donde no puede vivir la especie equina— habían surgido ejércitos impresionantes que habían conquistado la mitad del globo ¡con el apoyo de una invencible caballería! Un término concretaba el estado de espíritu que padecía el Profeta bíblico: su carácter apocalíptico. Ha sido esta mentalidad contagiosa en extremo para el aliento de los vencidos en esta tierra, ya lo sean por la superioridad de otras ideas a las que no se quiere reconocer su mayor mérito y supremacía, ya por imposición de la fuerza física. Los intelectuales andaluces que gemían ante la impotencia de su fe, no olvidarían la. lección del autor anónimo. Cuando recibió Juan de Sevilla la biografía de Mahoma que le mandó Eulogio desde Navarra, se apresuró a mandar un extracto de la misma a Alvaro, en una nota al fin de una carta que se conserva342. Quedó éste impresionado. Luego con la vuelta a Córdoba de su amigo en 851, pudo meditar largamente sobre el texto original. Mantendría largas parrafadas con el viajero, pues nos consta la emoción que produjo esta lectura en los escritores que componían la minoría rectora de los cristianos andaluces. Tres años más tarde emprende Alvaro la publicación de una obra pequeña, su Indiculus luminosus, máquina de guerra discurrida en contra de las doctrinas de Mahoma. Precarios son sus conocimientos en la materia, pues no posee otra fuente de información que lo leído en el texto anónimo, traído por su amigo. No podía en estas condiciones transmitirnos noticias que estaba imposibilitado de dar para la ilustración de su parroquia. Sin embargo le había puesto en trance esta lectura: se extendía ante sus ojos una mina inagotable, la Apocalipsis de los tiempos pasados y presentes. Se le ocurre entonces a Alvaro una idea genial: Es nada menos Mahoma que el precursor del Anticristo. La herejía dominante en su tiempo es sencillamente la Bestia entrevista en sueños por los profetas... Manifiesta se advierte la filiación genética entre los dos textos. Mas, cuando en la pequeña biografía el sentido apocalíptico de la obra de Mahoma se reduce a la invocación del profeta Habacuc, en el libro del Cordobés compone el tema una larga demostración. No basta, en efecto, con afirmar que Mahoma es el precursor del Anticristo y su doctrina la Bestia que anuncia el fin de los tiempos, hay que demostrarlo. Para esta argumentación ya no sirve Habacuc. Necesita Alvaro de unos razonamientos mucho más convincentes que la invasión sumeria de Palestina. Tenía que encuadrar las profecías bíblicas en los acontecimientos ocurridos en los dos últimos siglos.., y hasta en los aparecidos últimamente. Puesto en el buen camino por la inspiración que le procuró el texto de Leyre, creyó Alvaro encontrar su complemento en la visión de Daniel sobre los tiempos futuros y en particular sobre el porvenir de los reinos de la tierra. Daniel era entonces en la sociedad cristiana hispana un escritor de moda, como se diría hoy día. Se escudaba Alvaro en sus tesis con la obra de un autor de gran autoridad. Para ayudar al lector en la comprensión del esfuerzo de Alvaro, he aquí un breve resumen de la visión del Profeta de acuerdo con la Vulgata: En el sueño que tuvo extendido sobre su lecho, se presentan ante Daniel cuatro bestias horrorosas. Se fija su mirada sobre la cuarta cuyo aspecto era aún más repugnante que las otras. Entre sus ornamentos se distinguían diez cuernos. «He aquí que otro cuerno pequeño se irguió en el medio... y este cuerno lenta ojos humanos y una boca que decía grandes cosas...» Pidió el Profeta a un anciano que estaba sentado sobre un trono la explicación de estas cuatro bestias tan grandes. Se le contestó que se trataba de cuatro reyes muy importantes. Quiso entonces tener noticias acerca de la cuarta bestia que era diferente a todas las demás. Le dio el anciano la solución al enigma: «Se trata de un cuarto reino, diferente ¿e todos los demás, que devorará toda la tierra, pisándola y reduciéndola a polvo. En verdad, significan los diez cuernos diez reyes que se erguirán en este reino. Tras ellos aparecerá otro rey. Será más potente que los primeros y destronará tres reyes. Lanzará Palabras en contra del Altísimo, perseguirá a los Santos de lo más Alto, tendrá el designio de cambiar los tiempos y la ley. Estarán sometidos los Santos a su mandato un tiempo, dos tiempos y una mitad de tiempo.» En la segunda parte de su discurso emprende Alvaro su extraordinaria demostración. Expone para empezar la visión de Daniel que acabamos de describir, citando el texto bíblico con variantes poco importantes con el texto de la Vulgata. Entonces, poseyendo la clave de los acontecimientos que han trastornado las regiones mediterráneas desde el siglo VI, se esfuerza en demostrar la estrecha relación que existe entre los hechos y la profecía de Daniel. No hay duda. Mahoma es el precursor del Anticristo. «Nosotros también, escribe, afirmamos que se le puede considerar con gran probabilidad como el precursor del hombre condenado.» Es el undécimo cuerno que destrozará a los tres reyes y que se alzará en contra del Altísimo. «Pues apareciendo como el número undécimo, lo que siempre es nefasto en las Sagradas Escrituras, ha dominado tres reinos: cuando ha ocupado las provincias de los griegos, de los francos que prosperaban bajo el nombre de romanos y ha pisado con su pie victorioso y pegadizo las regiones de los godos occidentales. Se ha esforzado en destruir el decálogo, es decir, la religión universal y la cifra que de costumbre se presenta como un todo. Se ha empeñado en erguirse en contra de la Trinidad, defendida por la fe, la esperanza y la caridad»343. Adquiere para nuestras tesis este texto grandísima importancia, pues por primera vez aparece un testimonio hispano que hace referencia a la expansión del Islam y a lo que ha sucedido en España. Tria regna perdomuit, dum Graecorum, Francorum quae sub nomine Romanorum vigebant, provincias occupavit, et Gothorum Occidentalium colla victrici planta calcavit. Contrariamente a la historia clásica no nos describe Alvaro conquistas militares, ni invasiones marítimas. Ni en esta obra, ni en su biografía de Eulogio, ni en sus cartas, hace la menor alusión a la invasión de España por una potencia extranjera. De acuerdo con los principios que defendemos, nos describe un vastísimo movimiento de ideas, en su opinión subversivas. Maozim es en verdad el precursor del Anticristo, pues según la profecía de Daniel ha abatido tres reinos. No obstante, en la mente del autor la doctrina ha suplantado a la persona. Sabe perfectamente que ha muerto el Profeta dos siglos antes. Ha leído la fecha de su nacimiento en el texto legerense. No es él, en carne y hueso, el que ha destruido in hoc nostris temporis los tres reinos y conquistado sus provincias. Maozim no es más que el precursor. Es su doctrina la cuarta Bestia vislumbrada por Daniel en su sueño. Esto, nos dice, al alcance de todo el mundo está. Y nuestro Alvaro a lo largo de páginas numerosas se esfuerza en demostramos que la herejía que domina España es este monstruo cuyo objetivo consiste en destruir la religión universal. Si nos apartamos por un momento de estas especulaciones apocalípticas, si se analizan los términos empleados por el autor para describimos las regiones que han sido avasalladas, es posible deducir substanciosas observaciones. a) En primer lugar domina la herejía las regiones que han sido de los griegos. Se trata evidentemente de las antiguas provincias asiáticas de Bizancio. b) El segundo reino está constituido por las provincias ocupadas por los francos que han prosperado bajo el nombre de romanos. Hace referencia el autor a los acontecimientos ocurridos en Sicilia que han dado el dominio del sur de Italia a los mahometanos. Según la historia clásica ha sido conquistada Sicilia por los árabes en 827, Bari en 841; es decir, algunos años antes de la fecha del Indiculus, pero en vida del autor. c) Ha pisado con su pie victorioso y «pegadizo», es decir, que atrae neófitos, las regiones de los godos occidentales. Es España la aludida. No nos precisa Alvaro cómo esta acción se ha realizado, sino que «se pega» la gente a la doctrina como si fuera cola: colla. En otras palabras, confiesa que goza de un enorme poder de sugestión. Si hubiera sido invadida España por ejércitos llegados de Oriente, atravesando el Estrecho de Gibraltar después de haber conquistado el Magreb, nos lo hubiera comunicado el autor en esta descripción. ¿Qué mejor demostración que la brutal aparición de la Bestia, produciendo desgracias a su paso, para establecer la relación existente entre el drama que ha ensangrentado España y la visión de Daniel? Mas ignora este andaluz que el maleficio mahometano se ha hecho dueño de lugares muy próximos a su tierra, sitos al otro lado del Estrecho. Nada hay de extraño en ello, pues consta hoy día que el norte de Africa ha estado sumido en la anarquía de las guerras civiles hasta pasada la mitad del siglo IX. No puede saber que la Bestia con el tiempo se hará también con aquellas regiones. Podemos concluir que el contexto histórico que se desprende de las noticias dadas por Álvaro, coincide con los conocimientos que hemos recientemente adquirido. La invasora es la idea-fuerza. Difícil es saber en nuestros días si ha sido Álvaro el creador de un movimiento de opinión que se ha propagado en la sociedad cristiana durante la segunda parte del siglo, según la cual estaba asimilada la herejía a una concepción apocalíptica, o si ha seguido unas ideas ya divulgadas con anterioridad en el ambiente trinitario344. Habían reanimado las guerras civiles estas preocupaciones proféticas, como siempre ocurre en las épocas conmovidas por la desgracia colectiva. Por esta razón había sido fácil la transposición. Como en su fe ingenua creían los cristianos que militaba Dios en sus filas de modo exclusivo, no podían comprender ante el desastre que suponía para el cristianismo la conversión de las masas al Islam, que Dios lo tolerase y los abandonara. Para superar este complejo de inferioridad era cómodo atrincherarse a cubierto de ciertos testimonios bíblicos, según los cuales habiendo sido anunciada la calamidad por el Espíritu, no podía ser el hecho motivo de alarma o de sospecha, pues avisaba generalmente el Profeta el fin de las desgracias. Bastaba con saber interpretar la fecha encubierta que señalaba el cambio de los acontecimientos. Tan sólo el sospecharlo era un bálsamo para cicatrizar la haga producida por el roce cotidiano con la realidad. Sea lo que fuere, no hay duda de que el Indiculus ha contribuido a reanimar la llama de la esperanza en el momento en que deslumbrados veían surgir ante sus ojos los cristianos las primeras manifestaciones externas del Islam. Estamos ahora en condiciones de establecer el esquema de la evolución de las ideas que han cuajado en el mito entre la minoría cristiana a lo largo del siglo IX. 1. El recuerdo de las desgracias de las guerras civiles del siglo precedente se mantiene vivaz en los espíritus, pero nadie sabe exactamente lo que ha pasado y por qué ha pasado así. 2. Existen en toda la península, sobre todo en las cercanías de las regiones castigadas por la pulsación, como en el valle del Ebro, gentes que son los descendientes de los emigrados que han huido del hambre en el siglo pasado. 3. Pertenecen estas poblaciones al partido unitario o han sido influidas por las primeras propagandas islámicas que han alcanzado el litoral mediterráneo. 4. Hacia la mitad del siglo IX se dan, cuenta Eulogio y Alvaro de que una parte de sus compatriotas heréticos han sido desviados hacia las doctrinas de Mahoma, las cuales se propagan en el ambiente arriano y unitario. 5. Se extienden —empiezan a percibirlo los cristianos— a otros lugares de la cristiandad. 6. Se convierte por esta razón Mahoma para Alvaro en el precursor del Anticristo. 7. Identifica Alvaro la doctrina de Mahoma con la cuarta Bestia de la visión de Daniel, concepto que en otras circunstancias de espacio y de tiempo había sido recogido por Juan de Patmos en su Apocalipsis. 8. Bajo el influjo de los relatos egipcios empieza a divulgarse la idea de que los árabes han invadido España, venciendo a los godos, que los textos primitivos cuidan muy mucho de distinguir de los españoles. 9. Los árabes, discípulos de Mahoma, son asimilados a los caldeos que antaño invadieron las tierras de Israel. El pueblo judío fue reducido a esclavitud, como ahora lo son los cristianos, pues esta minoría española empieza a sustituir a los godos en su calamidad. 10. En el curso del siglo aumenta el divorcio que separa a los unitarios premusulmanes, que hablan árabe, de los cristianos. Estos son los españoles auténticos para los textos cristianos; los otros que componen la gran mayoría de la población no son todavía invasores asiáticos, sino extranjeros anónimos, es decir, sarracenos. 11. Para explicar este divorcio y superar el complejo de inferioridad consiguiente, se acentúa la interpretación bíblica enseñada por Alvaro en su Indiculus. Se funden las noticias propagadas en el campo adverso con los conceptos anteriores y se convierten los hispanos musulmanes para la mayoría de los cristianos —de una manera vaga e imprecisa en un principio, más luego de modo terminante— en los descendientes de los que en el siglo VIII invadieron la península. 12. La conquista de España había durado tres años y medio. Alvaro compara Mahoma con el Anticristo. A fines del VIII, en las discusiones que oponían a Elipando y los ortodoxos, el arzobispo de Toledo de llama a Beato de Liébana "precursor del Anticristo", tras haberle éste contradicho, y contesta que el arzobispo es "su testigo (del Anticristo)". No sucedía lo mismo con la otra concepción según la cual estaba asimilada la doctrina musulmana a la Bestia soñada por Daniel y reivindicada por Juan de Patmos. Era contraria esta interpretación a las que hasta entonces habían sido estudiadas en la cristiandad.
Después de la reconciliación del Imperio y de la Iglesia
Conocía perfectamente Alvaro los libros de Beato. Lo cita varias veces. Le era pues familiar la interpretación tradicional de las visiones del Apocalipsis. Si en verdad ha impuesto una interpretación original según la cual Mahoma y el Islam substituyen a Nerón y al Imperio Romano, es responsable de un cambio en el curso de las ideas en la Edad Media, cuya importancia es mayor de lo que parecería a primera vista. En estos tiempos inquietaban los espíritus las ilusiones proféticas con todas sus complicaciones en un grado que nos es difícil hoy día concebir. Así la fórmula de Alvaro se mantuvo por mucho tiempo. Como lo apreciaremos mis adelante, se mantenía aún con exuberancia en la segunda parte del siglo X; pues permitía suavizar el terrible complejo de inferioridad sentido por los cristianos. Solamente en el siglo XIII, cuando se dieron cuenta las gentes de que pasaban los siglos, que imperturbable proseguía el globo su viaje por el espacio y que los musulmanes seguían ocupándose de sus asuntos sin más perturbaciones, el sentido de las ideas apocalípticas de nuevo fue cambiado. «Con valentía Joaquín de Flores llevó el Apocalipsis al campo de la imaginación sin límites» (Renan) - Se convirtieron las visiones de Juan de Patmos en una ruina inagotable para los espíritus excéntricos que en lugar de adiestrarse en el razonamiento científico buscan en lo irreal una explicación vana a los misterios del hombre. Las locuras de una imaginación sin freno prosiguieron hasta el siglo XIX, en que el método histórico impuso sus razones. Volvieron los críticos a las fuentes primitivas y empezaron de nuevo con éxito las investigaciones iniciadas por Beato. Mas, en lo que nos concierne, es en este ambiente apocalíptico, concebido o propagado por Alvaro, en el que la leyenda de la invasión de España empezó a formarse en el campo cristiano y, poco a poco, con el paso de los años se convirtió en el mito por todos aceptado. Conservamos los documentos requeridos para apreciar que este ambiente apocalíptico había alcanzado en el IX a las más diversas clases de la sociedad cristiana que vivía en la península. Antes de que Beato con sus comentarios hubiese dado un nuevo interés al texto del Apocalipsis, los profetas bíblicos eran conocidos por el pueblo. Así se explica el maravilloso capitel de San Pedro de la Nave que representa a Daniel en la fosa con los leones. Por esto saquean los imagineros de la época el viejo folklore hispano para recoger temas fantásticos de animales que reproducirán, sea para ilustrar con sus miniaturas los notables manuscritos de los Comentarios de Beato (se conservan de ellos unos veinte ejemplares del IX al XI) sea para la ornamentación didáctica de las iglesias. Se comprende ahora la explosión Zoológica de los claustros románicos del siglo XI, al estilo aún visigótico, muchas veces apocalíptico, que fue substituida en el XII por temas evangélicos o bíblicos. En este ambiente difuso, las desgracias del siglo VIII han sido encuadradas en un contexto apocalíptico que el autor anónimo de Leyre ha recogido y que Alvaro ha ordenado en un artilugio retórico. El recuerdo de ciertos acontecimientos anormales, luego extraños, entonces ocurridos, se conservan en la memoria de las gentes: los desplazamientos de las poblaciones causados por la sequía y el hambre, pero que no se sabe a quién ni a qué atribuir por haberse olvidado las causas, la aparición de los «profetas», las depredaciones de los mercenarios y de los demás aventureros que han venido a España a buscar fortuna, las competiciones entre los diversos poderes provinciales que se han mutuamente combatido por sesenta años, el asalto a las fortalezas y a las ciudades, los incendios, las matanzas, las violaciones, las abominaciones de todo género que la anarquía favorece y que ya no se atreve uno a recordar... En una palabra, todos estos recuerdos confusos y desgraciados con el tiempo habían adquirido formas fantásticas, las que llevadas de boca en boca habían mantenido un complejo de inferioridad que se había enraizado en el inconsciente colectivo. Poseen las crónicas latinas del IX un carácter demasiado local y un estilo telegráfico en demasía para ofrecer una perspectiva nacional susceptible de ser encuadrada en un marco apocalíptico. Pero no ocurre lo mismo con las del X, como en la del Moro Rasis o en la Crónica latina anónima. Así se explican las contradicciones, los errores, los anacronismos, las lagunas de los textos primitivos. Pues no había salido el mito, moldeado y forjado en el bronce, de la cabeza de Minerva. Era el fruto de un larguísimo proceso que había durado varios siglos. Era esta lenta elaboración el más seguro testimonio de la formación de la leyenda. Pero en esta labor inconsciente de la colectividad, el papel desempeñado por el Indiculus ha sido decisivo. Al asimilar la doctrina musulmana a la Bestia del Apocalipsis, preparaba Alvaro los espíritus a la recepción de la leyenda inverosímil. Es también responsable de ciertas concepciones que más tarde se convertirán en hechos precisos, los cuales se vuelven a encontrar en nuestros días en los manuales escolares. En su fantástico razonamiento para demostrar la identidad de la doctrina de Mahoma con la Bestia, se había extraviado nuestro hombre en una extraña matemática. Se trataba del famoso cálculo establecido por Daniel para medir el tiempo en el curso del cual estarían los Santos, es decir, la Iglesia, sometidos a la tiranía de este personaje pernicioso. El porvenir de todos dependía de la precisión de esta extraña cronología ya fijada en el cielo. Et tradentur in manu ejus usque ad tempus et tempora et dimitium temporis. «Y quedarán los Santos sometidos a su poder hasta un tiempo, dos tiempos y una mitad de tiempo» (Vulgata, Daniel, cap. VII, 25). Están hoy día de acuerdo los exegetas en que un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo son tres años y medio; la mitad de siete que representa para los hebreos una totalidad, una schemita. En el pensamiento de Juan que sigue el texto de Daniel, el fin del Imperio Romano o más bien «el secreto del porvenir de la humanidad» (Renan), se limitaba así a tres años y medio. En el curso de la historia aplicaron otros exegetas a otros acontecimientos estas cifras: Así fue apreciada la persecución de Antioquia que duró también tres años y medio346. |